Revista D publicó un hermoso espacio en donde narran de forma real la situación que vivió y vive actualmente la comunidad de Jocotán, Chiquimula. Haciendo énfasis en el increíble crecimiento de los últimos años resultado de un amplio esfuerzo de sus pobladores.
Fuente: RevistaD 9 de agosto
por ana martínez de zárate
fotos: saúl martínez

Varias artesanas trabajan los anillos que envuelven botellas de Ron Zacapa.
¿Quién le iba a decir a doña Santa, de 48 años, que uno de sus hijos iba a soñar con estudiar una carrera? ¿Quién imaginaría que Hipólito, de 52, saldría de su aldea, La Ceiba, en Jocotán, Chiquimula, para representar a “su gente” en países como EE. UU. o Nicaragua? ¿Quién pensaría que se convertiría en una “estrella” de la televisión, como destaca él mismo con una sonrisa que le ocupa toda la cara? ¿Quién pensaría que después de haber visto cómo se morían sus hijos, familiares o amigos, por la hambruna, podrían vivir holgadamente y estar contentos y felices?
Esto y mucho más es lo que ha pasado en seis comunidades de Jocotán. “La prueba de que a veces hay que perseguir nuestros sueños, nuestros impulsos, de que si se lucha sí podemos”, señala María Pacheco, de 45 años, la impulsora de un proyecto para el desarrollo de mujeres en una de las zonas más necesitadas del país. Gracias a ella, 270 féminas se dedican a fabricar el anillo que envuelve las lujosas botellas del Ron Zacapa.
Hace ocho años hubo una terrible hambruna en Jocotán y Camotán. Las personas, sobre todo niños, se morían de hambre. María Pacheco, una bióloga que estaba en Chimaltenango desde 1993 trabajando de forma independiente en un proyecto de reforestación, fue invitada por Vecinos Mundiales a ir a ver unas aldeas en los alrededores de Jocotán, a unos 30 minutos en picop por un difícil camino vecinal. Y se enamoró. “Crees que vienes a ayudar, y ellos son los que te transforman a ti: son comunidades mágicas”, señala, emocionada.
En esa primera visita, Pacheco conoció a Santa Pérez, quien entonces tenía siete hijos, y uno de ellos, José Antonio, gravemente enfermo. Pero no podía ni ir al médico. ¿Por qué? Si lo llevaba, se gastaba los únicos Q20 que tenía para alimentar al resto de sus hijos. En su olla apenas había unos 15 ó 20 granos de frijol. A partir de entonces su vida cambió mucho. Su hijo se salvó gracias a la ayuda de María, y ahora con 16 años sueña con estudiar una carrera universitaria para ejercer como abogado. “Irá a la capital a la universidad”, dice su madre orgullosa, quien ya amplió su familia a 10 hijos. Cuando le comentaron el proyecto de María, de hacer anillos para la licorera, no quería entrar, pero otro de sus hijos, Byron, le enseñó y la convenció para que dejara de hacer petates. Desde entonces, su fuerza ha sido increíble, y aunque de las 10 primeras fundas le fueron devueltas nueve por déficit de calidad, siguió esforzándose por aprender y mejorar. Debido a esta decisión y a su fuerza para llevarla a cabo, ahora posee huertos de frijol y maíz, y una vaca; se puede permitir comprar y alimentarse con carne, y hasta hay un nuevo elemento en su casa: un inodoro. Todo un lujo para alguien que hace unos años, con dolor en su corazón, casi debía elegir cuál de sus hijos sobreviviría.
Antes de la llegada de Pacheco, las mujeres solían fabricar petates o canastas, y ganaban un sueldo promedio, con un poco de suerte, de Q24 a la semana, cuenta Marisela Interiano, de 30 años, quien en la actualidad aparte de fabricar los anillos es secretaria de la Asociación Ajpatnar Chorti. Ahora, solo con el trabajo que les proporciona esta empresa se gana una media de casi Q1 mil al mes.
Al principio, Pacheco cuando viajó a esas comunidades, se dio cuenta de que su proyecto ecológico en esa zona no era lo más necesario. “Aquí me pedían mercados”, recuerda. Así que ni corta ni perezosa, se planteó un nuevo reto que también a ella le cambió la vida. Contactó a Ron Zacapa, y ocho meses después una respuesta cambió su suerte y la de 270 mujeres más: pidieron dos mil fundas al mes hechas con fibras de palma. Y así comenzó todo. Llevaron a los poblados a 30 mujeres que fueron quienes capacitaron al resto. A pesar de que les costó superar el reto —la licorera advirtió que podía comprar las fundas a comunidades de Brasil—, poco a poco aprendieron, y ahora pueden llegar a hacer hasta 60 mil anillos al mes, dice Hugo Cabrera, gerente de Kiej de los Bosques.
Esta empresa, de la cual es cofundadora Pacheco, se instauró en el 2003, con el fin de vincular comunidades rurales con los mercados, tal como hizo María con las comunidades de Jocotán un año antes. En la actualidad, trabaja en todo el país con más de 50 grupos rurales, sobre todo mujeres.
¿Por qué mujeres?
“Que me centrara en ellas fue una casualidad, pues eran las que se dedicaban a hacer artesanías; pero luego me di cuenta de que administran mucho mejor el dinero, lo invierten en la casa y en los hijos”, agrega Pacheco. Incluso, en esas aldeas se está cambiando la mentalidad, añade Cabrera, pues algunas niñas tienen claro que quieren primero estudiar, casarse más tarde y tener pocos hijos. Debido a esta casualidad, María Pacheco fue premiada en el 2006 por Voces Vitales, una organización fundada por Hillary Clinton en 1997 con el objetivo de promover a mujeres líderes en los ámbitos políticos, económicos y sociales. A partir de ese momento se convirtió en un miembro de esta organización y se involucró en la lucha por fundar una sede en el país, lo que consiguió el año pasado.
“Lo más importante de este premio”, añade Pacheco, “es que pude conocer a mujeres de la talla de Carol Lancaster”. Esta estadounidense, de 66 años, vino con María para conocer este proyecto, y quedó encantada de reencontrarse con su “primer amor: América Latina”, ya que aunque tiene una amplia trayectoria en relaciones exteriores, sobre todo es especialista en África; este continente también ocupa un lugar muy importante en su corazón. Además, es miembro de Voces Vitales y la primera decana mujer de la Facultad de Estudios Internacionales de la Universidad de Georgetown, en Washington. Es la cuarta vez que visita el país —la primera fue en 1965—, y aprecia cambios muy esperanzadores en cuanto al desarrollo de la mujer, recalca. Está deseando contarle el éxito de este proyecto a sus alumnos en EE. UU., cuando regrese y, quizás, organizar más viajes para que conozcan de primera mano una realidad muy diferente a la de ellos.
Futuro
Aunque los avances son muy significativos —incluso hay una asociación y una empresa, para que en unos años sean ellos los que manejen su futuro—, Cabrera reconoce que todavía tienen que superar muchos retos. El primero es “diversificar los productos, ya que hay una dependencia muy grande a la licorera”. Se está pensando qué hacer aún, pero hay varias opciones, como fabricar artesanías con basura, como gabachas con bolsas de agua. O potenciar el turismo para que se conozca la forma de vida de estos chortís simpáticos y acogedores, como Hipólito, que a sus 52 años perdió el miedo a las multitudes y se mueve como pez en el agua siendo el representante de “su gente”, como él dice, lo que le ha permitido viajar a otros países e incluso, según él, ha salido en varios medios de comunicación.
Más información